martes, 22 de enero de 2008

Relatos...





Un Vaciado.

Cada mañana se levantaba con la predisposición de que sería un día más, uno igual que los anteriores, lisos, mediocres, sin ninguna novedad, sin ningún sobresalto que la hiciera sentir que estaba viva. Se aseó, se desayunó en soledad, se vistió automáticamente, sin siquiera mirarse al espejo, cogió el viejo bolso y se dirigió con paso ágil a tomar el autobús que la llevaba al trabajo.
A sus treinta y pico de años se sentía vieja, inútil y vana. En su monótono vivir no pasaba nada. Allí estaba en la oficina, en aquella oficina tan grande, tan aglomerada, con tantos compañeros, a veces tan risueños, a veces tan pendencieros, a veces tan extrovertidos, casi siempre tan optimistas y para su gusto, siempre, demasiado lenguinos, todo el santo día dale que dale.
Enfrascada en su tarea, frente a la pantalla del ordenador, su mirada traspasaba cifras y letras, gráficos y toda clase de imágenes y sin darse cuenta, quedaba absorta escuchando las historias de las chicas, bueno, algunas pasaban de los cuarenta años pero se veían tan bien, unas monadas vestidas a la última moda, maquilladas, bien peinadas, perfumadas, en una palabra, apetizantes ¿tendrían los senos “remozados” con aquellas bolsas “mentirosas” pero milagrosas de silicona? y se apocaba al instante tocando, con un gesto de vergüenza, sus pequeñísimas mamas. Con prontitud y ruborizada se ponía a teclear vehementemente. Ellas seguían contando cosas, encuentros con superhombres, otras contaban, casadas unas, sin pudor alguno, hasta los orgasmos conseguidos, no siempre con sus maridos, o los fracasos de algún pobre “desmerecido” provocando grandes risotadas en el grupillo. Ella, oyendo esas historias de tocamientos, de juegos eróticos, fantasías que las hacían volar hasta el éter, etc., se movía en su silla de trabajo de manera “apretada” y cambiando de posición por ciertas sensaciones raras, ciertas humedades…¡Esas locas siempre comentando porquerías! A veces era observada por alguna de las mujeres que le preguntaban con cierta maldad y mucha hilaridad si tenía pica-pica en el culete.
Ruborizada se escudaba rápidamente tras la pantallita del ordenador para no ser vista con aquellos sudores y otras humedades que sentía y que sólo recibía su silla.
Terminada la jornada, el mismo ritual, ordenar su buró, coger su viejo bolso y de paso hacia la casa, comprar un trozo de pan y algunos fiambres, total, cocinar para una sola no entusiasmaba. Se comería un bocadillo, se tomaría un té o un yogurt, miraría un poco la tele y a dormir, sola, sin nadie que le hiciera sentir aquellas cosas que contaban sus compañeras, seguramente ahora más de una estaría…y ella sin ni siquiera un “desmerecido”…nada de nada. Y empezó a recordar a Serafín, no tenía ni estudios, ni posición y con sus uñas tan sucias. Pedro, el fogoso Pedro, tan directo, cómo le decía cosas ¿pero qué se habría creído? ella era una chica decente, modosita, y lo mandó a volar. A los viente años esas cosas… Eugenio, tan dulce pero tenía cuarenta años, quince más que ella y además era divorciado y seguro la andaría comparando todo el tiempo con la ex…¿Y Juan? veinte años mayor que ella, ese era casado, el muy atrevido, ¿qué pasaría con tres en un círculo? ¡Dios me libre! Hay que ver.
Pensando en todo eso, se subió automáticamente en el autobús, iba de pie agarrada fuertemente a una barra metálica, aunque no tenía como caerse de tan apretujados como iban. Al principio, entre arrancadas y frenazos y algún que otro desnivel, no se dio cuenta de la presión que ejercía un objeto duro sobre su trasero. Poco a poco la sensación fue tomando calificación, ella tomó conciencia de que algo extraño pero muy agradable, de una tibieza muy especial, le estaba sucediendo. Empezó a sudar ¿otra vez en un solo día? Recordó a las chicas de la oficina y sus cuentos, empezó a sentir que su corazón latía como un caballo desbocado, que respiraba deprisa y medio entrecortado, que se le cerraban los ojos y con movimientos raros del cuello y la cabeza, empezó también a balancear su pelvis suavemente y tuvo que agarrarse más fuerte aún al tubo metálico del autobús. Siguió sintiendo aquel “manipular” en su trasero hasta hacerla soltar un ininteligible gemido que la hizo pensar en una sensación de “liviandad” y se dijo; me siento como “vaciada”, no se atrevió a tomar ninguna actitud al respecto, ni siquiera se se volteo a mirar hacia atrás para verle la cara al que quedaba a su espalda. Con una sensación de bienestar, esta vez, siguió sintiéndose más que ligera al bajar del autobús y llegó al super market con pasos tambaleantes pero feliz. Hizo su compra y al llegar a la caja para pagar lo adquirido, constató con gran tristeza, no la pérdida del monedero, que por temor a un tirón del bolso, se lo había metido en el bolsillo de atrás de su viejo vaquero, si no lo equívoco de su “vaciado”.
María del Carmen.






















1 comentario:

TORMENT@171 dijo...

buenisimo el cuento Maryyyy no me esperaba ese final!
pobrecita la chica! pero al final algo se le dio!jjajajaja
besos